DEMONIO DE LA PESTILENCIA

La plaza mayor estaba abarrotada de gente. El calor asfixiante y el aire caliente que soplaba del sur, se mezclaba con el olor del alcantarillado llenando la nariz y secando la boca. El adoquinado era irregular y el barro, parecía librar una batalla con el musgo fresco para demostrar quién manda. A la diestra de la entrada del ludus, una cochambrosa mesa roída por las ratas y carcomida por la mugre, hacía el papel de barra de taberna, donde una figura chepada y deforme, ataviada con harapos mugrientos en los que había encostrado vómito y suciedad, calmaba la sed de la plebe.

-¿Qué tienes tabernero?

– Vino y Cerveza, señor. _decía con una voz áspera y gorgogeante.

-Dame del vino menos apestoso que tengas. _ordenó

-Claro señor; sí, señor; aquí tiene, señor.

-¿Cuánto pides por la botella?

-Nada. _contesto con un susurro silbante_ Hoy invita el lanista Henio, fue muy claro con sus órdenes.

-Suerte que te han ordenado no cobrar por esto,  _recriminó escupiendo el vino a la cara del jorobado_ sabe como el agua de una maldita ciénaga.

– La generosidad de mi señor ha llegado al sur de Istaria.

-Dame entonces otra botella, es una bazofia, pero no cuesta nada  _dijo el aldeano mientras soltaba carcajadas.

 

El público estaba aburrido, nervioso y enojado por la tardanza de los juegos. Los gladiadores estaban en la arena, pero algo estaba retrasando el espectáculo y el calor jugaba un papel muy desagradable en las gradas.

-¡Vino y cerveza para calmar este calor! _gritaban los siervos de Henio que intentaban calmar a la plebe repartiendo bebida gratis.

-¡Vino dulce para los niños!

-¡Cerveza robusta para los mayores!

 

El gentío necesitaba beber, había que celebrar y combatir el calor, pero los abucheos y el enfado del populacho no se calmaron hasta que se escuchó entre los gritos e insultos de los espectadores el ruido de engranajes oxidados y cadenas chirriantes en movimiento. La ruinosa y astillada madera de las gradas comenzó a repiquetear, las adornadas columnas y los ostentosos asientos del Palcus temblaban mientras un juego de trampillas colocadas estratégica y minuciosamente en el centro de la arena comenzaban a separarse. Al ruido rechinante y al temblor de la tierra, se sumó un hedor nauseabundo y angustioso acompañado del zumbido de miles de moscas y tábanos que revoloteaban alrededor de aquel foso. Un mugriento y horripilante pozo de inmundicia era lo que escondían aquellas trampillas. Tenía forma de caldero chafado por la mitad. Aboyado y agujereado por doquier. El oxido que lo recubría parecía tener vida propia y devoraba el poco metal aún brillante que quedaba en aquella siniestra pieza de colección de algún ser demoníaco. Lo rodeaban varias picas, donde había empaladas varias cabezas y cuerpos en descomposición, y, dándose un festín con ellos, unos cuervos de ultratumba a los que les faltaba gran parte del plumaje. Se apreciaba media docena de escalones que subían por el flanco derecho y retornaban en bajada hacia el interior del caldero. A ojos de mortales parecía contener una sopa de despojos y mugre. Tenía una textura viscosa, de un color verde cenagoso. Emanaba una tenue neblina que parecía querer atrapar el alma de los luchadores hallados en la arena.

 

Tapado con una túnica de hilo grueso del color del agua estancada, Henio, desde el pódium, observaba el inicio de su cosecha. Su plan, estaba saliendo a la perfección. Pronto, todos los presentes se sumarían al servicio del primer jinete de Ezreviel, y él será recompensado por complacer a su señor.

-Ciudadanos de todas partes de Istaria. _dijo apartándose del fresco de la sombra que le proporcionaban sus sirvientes_ Ante vuestros ojos, tenéis la eternidad, la belleza y el futuro de este mundo. Dejad que el pozo del jinete Pestilencia os abrace y tendréis un poder que solo puede ser superado por los dioses.

 

El público, atónito, observaba en un silencio roto por el molesto revoloteo de los insectos, como uno de los gladiadores respondió a las palabras del lanista. Sin titubear, el más joven de ellos se dirigió hacia el maléfico caldero. Subía  cada peldaño con más seguridad que el anterior, hasta que las escaleras se volvían bajada hacia el interior de aquella marmita maldita. Cuando el joven aspirante se sumergió por completo, el contenido del caldero comenzó a hervir como si estuviera cocinando. El humo y los gases que desprendía la cocción  hacía cada vez más desesperante respirar, creando un ambiente malsano y enfermizo. Al cabo de unos pocos segundos, aquel muchacho retornaba las escaleras trasformado en una aberración demoniaca.

Su cuerpo tenía un aspecto abotargado, estaba recubierto de heridas, forúnculos y pústulas que no dejaban de supurar pus y rezumar un hedor mayor que el que ya poblaba las fosas nasales de los presentes. De la cabeza, sobresalían cuernos afilados y podridos. Su piel, estaba hecha girones, verdosa y gangrenosa. Los órganos internos, malolientes por la descomposición excremental sobresalían por su agrietada piel, colgando como racimos de uva.

-Cómo te llamas esclavo. _dijo Henio.

-¡Onogal! _gritó el demonio.

El público, aterrorizado por la mole demoniaca que tenia ante sus ojos, intentaba huir desesperadamente. Pero era demasiado tarde. La semilla estaba implantada, la cosecha estaba dando su fruto. En la piel del gentío emergieron pústulas, yagas y heridas que se infectaban al instante. Unos, experimentaban como los pulmones y la garganta se inflamaban hasta reventar, otros notaban su hígado deshaciéndose por dentro y como el estomago jugaba con sus intestinos desencadenando una marea de diarreas que los deshidrataban  y vómitos que los ahogaban.

-No queda vino mi señor, no. _ dijo el tabernero jorobado acercándose al lanista.

-Lo veo Andol. Buen trabajo.

-¿He servido bien, amo? ¿Bien?

-Sí, _ contestó dándole una palmada en la chepa_ el primer jinete nos recompensará como es debido y nos dirá la siguiente parte de su plan divino.

Y esbozando una diabólica sonrisa, Henio, le dedico un solitario aplauso a su nuevo siervo Onogal.

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